martes, 8 de diciembre de 2015

EL VERDUGO

Todos suplicaban. Aunque no dijesen nada. Todos, absolutamente todos, tenían en su mirada un grito apresurado de auxilio. Una llamada sin respuesta. Una oración sin penitencia ni perdón. Pero nunca había respuesta. Todos eran despojos de la humanidad y a nadie les importaban. 

A veces se preguntaba si los que querían sus muertes sentían lo que él cuando les inyectaba la poción letal. "Poción". Le gustaba llamar así a la inyección letal. Era otra manera de tortura. Burlarse de ellos hasta que la inyección llegaba a sus entrañas y les arrancaba el último suspiro.

Veía sus frentes sudorosas conforme se acercaba la hora indicada. El tembleque de sus dedos. El giro de sus ojos alrededor de la sala buscando compasión. Y le encantaba. Disfrutaba viéndoles sufrir. Saboreaba cada minuto de sus últimos alientos. Y abandonaba la sala contando los minutos para la siguiente ejecución.

Nunca se quedaba a oír los chascarrillos de los guardias: "Se lo merecía", "Hizo daño a mucha gente", "Era el demonio en persona". Valientes cobardes-pensaba-. Todos se sentían libres para despotricar una vez pasada la ejecución, pero bien que se escondían y giraban el rostro para no verles morir. 

Jamás lo entendería. ¿Cómo podían perderse semejante espectáculo?, ¿Quién podía darle la espalda a algo tan hermoso? "Hermoso". La muerte lo era. Estaba firmemente convencido de que en el último suspiro de otra vida se escondían todos los motivos por los que valía la pena vivir. 

Y había algo más. Cada nueva ejecución, cada nuevo espectáculo, era un regalo. Rejuvenecía con cada poción. Y además  le pagaban por ello. Podía matar sin mancharse las manos. Podía saborear tranquilamente los últimos suspiros de otras vidas sin miedo a ser atrapado y con la convicción de que no será esa la última vez que roce la felicidad, en pocos días habrá otra. Con el cadáver aún caliente, irán preparando la nueva inyección. 

Una nueva inyección que caerá en sus manos para recordarle que, a veces, matar, sí que está permitido. Él, cómo verdugo, puede hacerlo. Y le apasiona.





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