domingo, 27 de noviembre de 2016

HEROÍNA

Como una vasija que moldear. Como un montón de fango sin forma ni vida propia. Así se sentía entonces.  No había podido evitarlo, pero por más que intentó poner en práctica aquellas lecciones de identidad de sus clases de criminología, desistir empezó a parecerle la única opción.

“La víctima en reclusión debe aferrarse a su identidad”. “Cuánto más firme mantenga su mente más difícil le será a  su verdugo la dominación”.  Falacias. Eslóganes vacíos destinados a justificar una profesión en su opinión.

A veces, en la soledad de aquel cuarto, mirando aquellas mohosas paredes  recordaba con nostalgia la chica que fue. Aquella vivaz joven que empezó criminología con el fin de ayudar a salvar vidas. Lecciones, preparación física. Aquella inocencia que le hacía creer que toda esa preparación la convertirían para siempre en una heroína. De esas que ayudan a otras a salir del fango. De las que perseguían verdugos. Odiaba pensar que aquella chica que fue no entendería la mujer en la que se había convertido. O mejor dicho, en aquella mujer que él había creado.

Pero ocurrió. Aquella inocencia se la arrancaron de cuajo aquella noche en la que él decidió que sería suya. Ni siquiera le oyó venir. Caminaba de vuelta a casa cuando de pronto la golpearon fuertemente con algo contundente. Después de eso pronto se volvió todo oscuridad.

Cuando despertó ya estaba allí. Entre aquellas paredes que parecían empequeñecer la habitación cada día que pasaba. Entre aquellos muros que podía tocar con ambas manos si se estiraba un poquito. Aquellas paredes cubiertas de moho y humedad eran su nuevo hogar. El mismo hogar que había aislado sus gritos, su llanto y sus súplicas rogándole que parase. Deseando que alguien la oyese y acudiese a salvarla.

Pero nadie apareció nunca. Nadie apareció para evitar convertirla en vasija. En una vasija en la que él entraba y salía cuando quería. Sin pedir permiso. Sin hacer caso a sus negativas y súplicas. Visitarla cada noche parecía ser su pasatiempo favorito.  Nada cambiaba, él parecía disfrutar con cada grito. Con cada llanto. Entraba, hacía uso de su vasija y se marchaba cerrando la puerta con llave. Así era su rutina.

Hasta que ella dejó de gritar.  Hasta que sus llantos pasaron a ser sollozos en silencio. Él pareció notar el cambio. Su actitud no cambiaba ciertamente, le gustaba seguir torturándola, pero cada vez prolongaba más su estancia en la habitación tras terminar. La observaba, se recostaba a  su lado. Parecía que había encontrado su hogar. Parecía feliz con aquella muñeca creada a su gusto.

Y aquella confianza, fue su mayor error. Una noche le oyó dormirse a su lado. Le parecía el colmo.  Ahora también quería acabar con su soledad. Con aquella soledad en la que se refugiaba cuando él se marchaba. Se dio la vuelta mirándole enfurecida y entonces notó algo. Algo brillaba en su cuello. Llevaba atado a un cordón plateado una llave.

Su pulso se aceleró.  Sus pensamientos iban a mil por hora. ¿Podría lograrlo? ¿Podría conseguir huir sin hacer ruido? Pero… ¿Y si se despertaba? Puede que fuese su fin. Entonces volvió otra vez como una visión a su memoria aquella chica llena de ilusiones que un día fue. Y pensó que tal vez su fin ya había llegado lo lograse o no. Y que puede que si conseguía escapar jamás volviese a ser aquella chica pero bien podía ser otra. Mejor o peor pero quien ella quisiese.

No recuerda mucho más después de aquello. Todos son imágenes borrosas de la lentitud con la que abrió la puerta.  De la carrera. De su aliento fatigado al dar apenas unos pasos. De las ramas que arañaban sus piernas desnudas al tropezar. De aquellas linternas de unos campistas que la cegaron. De su auxilio. De las sirenas de policía, de la ambulancia.

Todo eran preguntas. Peticiones para que contara su historia una y otra vez. Hombres de negro que querían que volviese sobre sus pasos recreando su huida. Para encontrarle, decían. ¿Cómo podían pedirle que volviera a su prisión? Todo parecía un chiste mal contado.

Hasta que un día, aquellos trámites dieron su fruto. Le encontraron. Aferrado al colchón en el que ella dormía. Flashes y portadas coparon su historia durante un tiempo y después todo cayó en el olvido. La vida seguía aunque ella no pudiera seguirle el ritmo. Aunque sintiese que parte de ella había quedado para siempre atrapada en aquel zulo.

Durante mucho tiempo las pesadillas embargaron sus noches. Se despertaba sudorosa y gritando pidiendo auxilio. Hasta que decidió contar su historia. Un día volvió a aquel edificio en el que ella soñó convertirse en heroína.  Y lo que iba a ser una conferencia más, con el fin de que los que iban a dedicarse a salvar vidas obtuviesen un punto de vista cercano de la víctima se acabo convirtiendo en su sanación. Aquellas charlas que a veces se alargaban por sus silencios y su voz entrecortada, terminaron por recordarle algo muy importante: Si, había sido recluida. La habían violado, pegado, torturado y convertido en un objeto inanimado. Pero se acabó. Ella estaba aquí, libre, empezando a vivir de nuevo a su antojo. Ella había ganado y él no. Él era un verdugo recluido donde ya no podría torturar a nadie más…y ella, ella era una heroína.





viernes, 18 de noviembre de 2016

SALIR A LA SUPERFICIE

Nunca se había parado a pensarlo hasta entonces pero era cierto, la soledad tenía sabor, un pequeño y amargo gusto a frío y humedad. Nunca había imaginado que pudiese sentirse físicamente algo que te destrozaba por dentro.  Pero así era. Los anhelos, remordimientos y vacíos que sentía por dentro, también podían torturarla por fuera.

Y la tortura…a veces duraba demasiado. Durante mucho tiempo odió los días lluviosos. Y no era para menos, un día lluvioso significaba aromas gélidos que le traían recuerdos amargos. Recuerdos de otra vida. De otra mujer.

Recuerdos de los zapatazos en el pasillo cuando llegaba a casa. De los murmullos de los vecinos vaticinando la batalla. Del tintineo de las llaves que no encuentran la cerradura. Del silencio de aquel piso que cada vez era más celda y menos hogar.  De los gruñidos que hacían la vez de saludo. Y de la vacilación.

A veces creía que nunca lo olvidaría, que esos malditos eternos segundos de vacilación la acompañarían para siempre. Esos segundos en los que ella sabía, en lo más profundo de su alma, con ese nivel de certeza que pocas veces nos acompaña  en la vida que volvería la pesadilla de nuevo. Y nunca fallaba, tras unos segundos la guerra comenzaba, y con ella las patadas, los insultos, los tirones de pelo, los empujones…


Hasta que su verdugo decidía que tenía que parar. Entonces comenzaban las lágrimas y sollozos en silencio, con cuidado de no enfurecer a la bestia. Y tras eso, los lentos pasos que traían al monstruo de nuevo, disfrazado de culpa y arrepentimiento. Un disfraz  impostado, tejido a base de intentos un día tras otro, pero que conseguía hacerla callar y que escuchara. A veces si cierra los ojos aún puede oírle susurrar:

-Perdóname mujer… Ha sido  un día duro. Estaba agotado.

-Sabes que no quería. No sé que me ha pasado.

Y así un día tras otro. Como si su vida fuese una pesadilla sin fin,  un día entero ardiendo en el infierno y que al llegar a la medianoche rebobina y vuelve a empezar.  Vuelta a la lava, a la tortura. Vuelta a esa soledad tan húmeda y fría.

Hasta que una tarde,  tras los sollozos  después de la contienda abrió la ventana y dejó entrar la brisa fresca. Y fue como tomar una bocanada de aire al salir a la superficie tras mucho tiempo bajo el agua.  Como soltar un suspiro  aliviador que no sabías que estabas conteniendo. Respiró quedamente y observó  a su alrededor.  Hacía un bonito día. Con el ajetreo y bullicio habitual de la ciudad, tráfico, personas de un lado a otro, obras, pero bonito al fin y al cabo, soleado, una tarde agradable arrebatada a la primavera.  Y en medio de tanto bullicio se dio cuenta de algo.

Todos parecían felices, incluso algún malhumorado que parecía haber olvidado la sonrisa en casa parecía feliz, los niños jugando, los ancianos hablando mientras cuidaban de los niños,  los obreros bromeando. Todos.  

Por un segundo se cabreó.  ¿Por qué no podía ella estar ahí abajo? ¿Por qué era presa sin haber cometido delito alguno?  Hasta que se dio cuenta que tal vez, la felicidad es una elección y no una meta utópica. Y que tal vez toda esa gente que sonreía también había sido esclava alguna vez. Hasta que rompieron sus cadenas y salieron a la superficie.

Se marchó esa misma tarde. Hizo las maletas, cogió el móvil y se encaminó hacia la puerta. Vaciló por un segundo cuando estaba junto al resquicio. Vio sus llaves  en la mesita de la entrada, esas llaves que siempre habían simbolizado su hogar y  por un segundo pensó en dar la vuelta.  Hasta que recordó que ninguna prisión puede ser un hogar. Y se marchó sin mirar atrás.

Ese día pidió ayuda. Y es curioso, nunca había imaginado que tenía tanta gente dispuesta a apoyarla. Pero así era. Y aún lo agradecía. Habían sido de gran apoyo cuando creía venirse abajo. Cuando sentía que su nuevo mundo se derrumbaría como un castillo de naipes. Porque a pesar de la fuerza y valentía de la que hizo acopio aquella tarde, fueron muchas  las noches  que pasó asustada tras su huida. Los ataques de pánico cuando escuchaba cerrar una puerta. Y los flashback que llegaban a su memoria cuando oía gritar a sus nuevos vecinos.

No había sido fácil. Fue un camino largo y espinoso plagado de recuerdos. De miedos. Y de tardes húmedas y frías que la evocaban de nuevo a su prisión. Pero lo había conseguido. Ya no quedaba nada de aquella otra tan suya, tan intima y tan lejana a la vez. Porque ya no era aquella mujer. Había forjado una nueva en el camino, fuerte  y valiente, que pasara lo que pasara nunca olvidaba respirar y sonreír. Como aquella tarde en la que al hacerlo, comenzó su propio camino hacia la felicidad.




martes, 23 de agosto de 2016

EL TIEMPO



Dicen que el tiempo lo cura todo. Y quizá sea cierto si con el tiempo nos convertimos en necios más preocupados por el miedo al ridículo que por ser y actuar de verdad.  Pero si por un segundo somos puramente realidad, gritaremos bien alto que es mentira. El tiempo no cura nada.


Nadie te cuenta que el tiempo no soluciona los errores. Ni mitiga la crudeza de sus consecuencias. Nadie habla de como la culpa puede convertirse en losa. Lo mismo ocurre con la vergüenza, que en algunos casos no es más que una mala versión de la primera.  Pero ambas son losa y cemento. En el pecho. Aplastándote. 

Nadie te dice que tu confianza en el ser humano tras una decepción no será reconstruida si no trabajas y pones empeño en ello. No te cuentan que volverás a sentir vértigo cada vez que entregues tu corazón. Ni tampoco que una parte de ti siempre será aquel adolescente asustado al rechazo auxiliando aceptación con la mirada.

No, no hay solistas que canten al fracaso. Ni escritores que hablen de desdicha. Y si los hay, ninguno ocupa las portadas destinadas a la grandeza. Ni obtienen cinco minutos de prime time

Supongo que a estas alturas de sobra es sabido que nadie quiere que le hagan pensar. O sentir. Para el caso es lo mismo.  ¿Quién va a querer evadirse de su rutina leyendo o escuchando realidad? Supongo que nadie. Es más fácil engañarse.

Es más sencillo pretendernos buenas personas mientras con un movimiento leve de cabeza escuchamos a otro. Perdón. Mientras decimos que escuchamos. Porque si lo pensáis, el 90% de las respuestas a un discurso cargado de problemas es "No te preocupes. El tiempo lo cura todo". O todos somos un único motor o todos mentimos como bellacos. 

Quizá no haya remedio. El ser humano, en sus instintos más primarios, es envidioso y egoísta por naturaleza. Y puede que la mentira vaya asociado a todo ello. Sería demasiado utópico pretender cambiar eso. Pero si podemos hacer algo.

Rescatemos cinco minutos de nuestro tiempo diario.  Vamos a gastarlos en decirnos la verdad. Aquí va una: El tiempo no cura nada, ni lo pone más fácil. Tan sólo retrasa lo inevitable con parches cargados de espinas que acabaran por hacernos sangrar.

jueves, 4 de agosto de 2016

Botón Rojo


Ojalá. Ojalá se pudiera. Ojalá todos naciésemos con un mando a distancia que nos acompañase toda la vida. Y no para mejorar nuestra vida, no. Soy de las que piensan que si eliminásemos de nosotros o de nuestros días lo que nos disgusta ya no seríamos nosotros. No, no necesito un mando para mi vida, pero sí para influir en la vida de los demás. Me parece más importante.

Pensadlo con calma, ¿No os da rabia que la vida se cebe con alguien a quien queréis? ¿No os entran ganas de gritar al cielo pidiendo explicaciones cuando veis que una persona sencillamente buena da un traspiés tras otro? A mi sí.

Me da rabia. Me corroe por dentro. Es sencillamente injusto, tan injusto como dejar de respirar. No sé si lo sabéis pero hay gente que si las observas detenidamente, puedes verle el corazón. En serio. Se puede. Lo he visto. Desgraciadamente no en demasiada personas, pero se  puede. Hay gente que se levanta cada mañana y lleva consigo todo el día el corazón asomando, en sus ojos, en sus manos. Esa clase de gente que pone el corazón en todo lo que hace, esa clase de gente que tras cinco minutos te hacen decir: Joder tenían razón. La humanidad es esto. Aún merece la pena estar aquí. ¿Conocéis al expresión es gente de palabra? Bueno, pues la clase de gente de la que hoy os hablo, es aún más especial, es gente de corazón. Por eso es tan injusto que no todo les sonría.

Por eso me encantaría tener un mando a distancia. Para ayudarles a recibir lo que merecen. Sería un mando codiciado. Aunque no sería nada especialmente elaborado. La vida ya es suficientemente complicada como para que dejar que la tecnología nos la complique aún más. Dos botones bastaría. Uno negro para eliminar. Pulsar y adiós. Adiós dolor, adiós malas noticias, adiós problemas. Y otro rojo para todo lo contrario. Uno rojo que al pulsarlo todo sea felicidad, oportunidades, momentos especiales, sonrisas. Y sí, sería rojo, nada de verde esperanza.

Mejor un rojo para eliminar el miedo. ¿Os acordáis de desayuno con diamantes? "Días rojos. Días en los que de repente se tiene miedo y no se sabe por qué".  Grandiosa escena. Todos hemos tenido días así. Así que sería grandioso que nuestro botón de la fortuna fuese rojo. Sería como ganarle dos veces al miedo. Mejor aún.

Sé que todos pensáis que estoy loca. Que es imposible. Incluso muchos no estaréis de acuerdo conmigo. Pero creedme, si tuviera tres deseos, ese sería uno de los que pediría. Me he hartado de lo puta que es la vida. De su ensañamiento, de su crueldad y de su injusticia. Sobre todo con la gente especial, con la gente de corazón, que es más o menos lo mismo.

¿Hay algún lector por ahí tan loco como yo al que le encantaría tener este mando? Contadme, aún falta mucho para amanecer de nuevo en la realidad. Ayudadme a seguir soñando esta noche con las maravillas de un mando así. Yo lo tengo claro, si alguien lo inventa: Me lo pido.



Para Daniel Velarde, @danivr24 la persona más especial, más de corazón que he conocido en los últimos tiempos. Tenlo claro Dani, si yo tuviera ese mando, pulsaría el rojo a tu favor a menudo.







domingo, 29 de mayo de 2016

VOLVEREMOS




Y llegó el día, dos años después nos enfrentamos de nuevo en una final de Champions contra el Real Madrid, el gran rival para nosotros. Y dos años después volvió a pasar. El Real Madrid se proclamó campeón de la Champions, se llevaron la undécima. Mi enhorabuena nuevamente para ellos, para el club y su afición.
Nosotros, una vez más volvimos a rozar el cielo y caer al infierno. Dos años después volvimos a perder una final de Champions contra el mismo rival y prácticamente de la misma forma, no idéntica ciertamente, pero si dolorosamente similar.
Tremendamente cierto lo de dolorosamente similar, no hay más que ver las  amargas lágrimas del niño anoche en el campo, los ojos bañados en llanto de Koke,  la mirada perdida y bañada en lágrimas de Juanfran o de Griezmann, incluso el llanto de ex compañeros que vieron el partido desde la grada como Mario Suarez.  
Duele por muchas cosas, y quizá lo más injusto de anoche fue que le tocara a Juanfran fallar el penalti de la tanda y echarse la culpa sobre los hombros.  A Juanfran, un jugador que  llegó dispuesto a que la grada olvidase su pasado madridista, y lo consiguió, vaya si lo consiguió. Luchando como el que más en el campo, entregándose al club y a la afición, llevándonos siempre por bandera a lo más alto. Juanfran, no creo que leas jamás esto, pero desde aquí repito lo que dije anoche, la cabeza bien alta que todos los atléticos estamos muy orgullosos de ti.
No sé que duele más, si la derrota o darnos cuenta una vez más de la cantidad de gente que aún disfruta menospreciando al Atleti, empeñados en tratarnos como un equipo de segunda categoría, aleccionándonos  y tratándo de que nos contentemos y estemos orgullosos de haber llegado porque “Habéis perdido contra el Real Madrid”, “Era muy difícil ¿Que esperabais?”, ó “Dos finales en dos años, está muy bien”. Premios de consolación, palabras decoradas de ánimo pero que esconden un turbio mensaje de infravaloración a un club que ha demostrado sobradamente que es un equipo con hambre de títulos. Que ha demostrado que ha vuelto para quedarse y para seguir peleando junto a los más grandes. Que ha demostrado que puede ganar y echar de competiciones a los sobradamente conocidos como los campeones.   Que ha vuelto para seguir siendo criticado, por su actitud, por sus palabras, por su juego...Porque no importa lo que hagamos, nuestro juego tan solo es valorado cuando perdemos, eso sí, “Vaya juego más sucio” tenemos cuando ganamos a los campeones. Cuanto menos es curioso.
Señores, lo de anoche fue tremendamente doloroso. Y me reafirmo nuevamente en que sólo los que seáis del Atleti podréis entender como nos sentimos. Pero dentro del dolor, sigo tremendamente orgullosa de ser del Atleti, y no por las razones que todos se empeñan en que proclame, no estoy orgullosa porque el Atleti haya llegado y perdido contra un grande. Estoy orgullosa del Atleti porque sé que se volverá a levantar, porque lleva ascendiendo y cayendo del cielo al infierno durante toda su historia, y siempre ha vuelto a resurgir. Estoy orgullosa de un equipo que bajó a segunda división y batió el record de abonados. Estoy orgullosa de un equipo que pasó años en mitad de tabla peleando en puestos de descenso escuchando como nos llamaban el pupas con desdén. Estoy orgullosa de un equipo que pasó catorce años perdiendo contra el máximo rival mientras nos pedían “Un rival digno de un derbi” y aún así seguían año tras año, intentándolo para volver catorce años después a romper la maldición en una final y en su campo. Estoy orgullosa de un equipo que año tras año acaba teniendo que reinventarse tras la venta de un jugador importante. Venta tras la que tienen que tratar de recuperarse mientras oyen “Madre mía, sin él no seréis nada, ahora sí que volvéis a caer”. Y mira por donde, se acaba reinventando  y creando nuevas leyendas de nuevos jugadores.
Estoy orgullosa de un equipo que no se contenta con cánticos de “Otra os llegará”. “La mala suerte se ha cebado con vosotros”. “La historia os debe una Champions”. Y mira no, por muy dolorosamente crueles que hayan  sido estas derrotas, la historia no nos debe nada. Como diría el gran Luis Aragonés “Las finales no se juegan, se ganan”. Y eso debimos hacer nosotros anoche. Y hace dos años, y en el 74. Yo no quiero que el Atleti gane una Champions porque el fútbol se la deba. Hemos perdido otra vez señores. Si, y duele, creo que jamás me había dolido tanto, pero no me canso de repetirlo desde anoche, cabeza alta y a seguir luchando que si queremos una Champions tendremos que pelearla y ganarla, ni el fútbol ni la historia nos la regalará.
Es en partidos como este cuando me acuerdo de un spot maravilloso del Atleti que decía: “El Atleti te mata. Te da la vida”. Y siempre lo recuerdo pensando: ¡Cuánta razón! El Atleti es capaz de matarte y darte vida al mismo tiempo. Es capaz de llevarte al cielo y hacerte disfrutar de una victoria conseguida con esfuerzo y con muchos a nuestras espaldas que no creyeron en nosotros. También es capaz de llevarte al infierno en el peor momento, en el más crucial, recordándote que no importa cuánto luches a veces incluso luchando y trabajando, inevitablemente la batalla final te puede salir mal, puedes perder. Como en la vida, como en la vida misma, en la que a veces no importa cuánto trabajes, los golpes son inevitables.
Me dijo alguien que cada año soy más del Atleti, quizá porque cada año vivo cosas nuevas en la vida, injustas, justas, bonitas y dolorosas, y realmente no es la primera vez que pienso que sí, que tenían razón, que el Atleti es una forma de entender la vida. O quizá porque también es cierto- todos los que somos del Atleti lo sabemos- que es un sentimiento que te nace sólo, al Atleti le quieres o no le quieres. Te nace amarle o no te nace. Le admiras o no le admiras. Hasta el final, hasta las últimas consecuencias. Y eso lo sabemos todos a los que nos nace desde dentro, los que no podemos explicar lo que sentimos siendo del Atleti,  los que sabemos que por mucho que intentemos explicarlo nada de lo que digamos se acercará ni a la idea.
Soy del Atleti desde que tengo uso de razón. También soy hija de madridista. Quizá por eso tengo tanto respeto al rival. A pesar de vivir la liga con el máximo rival y las consiguientes disputas que eso conlleva pero… ¡Qué bonito es vivirlo contigo! Aunque seas del eterno rival.
Anoche, el Real Madrid ganó la Champions. Se llevaron la undécima. Enhorabuena a los madridistas. Enhorabuena papá.
Y a ti Atleti que te voy a decir...Que aunque nadie lo entienda estoy tremendamente orgullosa de ti. Gracias por regalarme tanto. Gracias por matarme y darme vida al mismo tiempo. Volveremos Atleti, con la misma fuerza y el mismo ímpetu. Quizá con más. Porque seguiremos soñando, seguiremos creyendo y lo que es aún más importante: Seguiremos peleando, con coraje y corazón, claro que sí.  ¡Aúpa Atleti!. Hasta el final.

domingo, 3 de enero de 2016

AYÚDEME

-¿Como te encuentras Lucía?
-Bien
-Recuerda que puedes ser sincera,nada de lo que digas saldrá de esta sala. Estas aquí para superar lo que te ocurrió. Para lograr ...
-(Interrumpiendo)¿Lo que me ocurrió? Lo que me ocurrió tiene un nombre.
-¿Y cuál es? Dímelo tu.
-(susurrando) Me violaron.
-No hagas eso, no te trates así. No eres tu quién tiene que sentir vergüenza o miedo. Al contrario, son ellos los que deberían sentirlo. En cuatro días se celebra el juicio para juzgarles. Pagarán por ello. Por lo que, cuéntame, ¿Como te sientes al respecto?

¿Que cómo me siento? No lo se. ¿Acaso se puede sentir después de estar muerto? Vale, técnicamente no lo estoy pero...una parte de mí sabe que me mataron, en el fondo de mi alma sé que aquella noche me quedé para siempre en aquel callejón...

Ni siquiera recuerdo como me sacaron de allí, tras los últimos golpes no recuerdo nada más, el doctor me dijo que me desmayé y que la pareja que me encontró me llevó apenas sin vida al hospital, -Has tenido mucha suerte- Se atrevió a decir. ¿Suerte?.  No sé quién enseña a los médicos el trato con el paciente. Pero algo falla. No puedes decirle a una persona tras sufrir una violación múltiple que ha tenido mucha suerte. 

En fin. Supongo que para alguien que se dedica a salvar vidas, es difícil digerir que yo prefiriese haber muerto aquel día. Pero...¿Cómo no desearlo?  Aún puedo sentir sus manos en mi cuerpo. Aún me despierto por las noches gritando tras revivir aquella noche una y otra vez. No puedo sentarme frente a alguien que esté tomando  una copa, porque su acción me evoca  a los olores de aquel día...a sus alientos a alcohol mezclados con el orín de aquel lugar...

Claro que prefería morir. Aún lo deseo. Aunque no pueda decirlo en voz alta. ¿De que serviría?. ¿Para más charlas de tormento?. Para oír mas veces: "Tienes que superarlo". "No les dejes ganar". "Saliste con vida aquella noche, eso es lo más importante"...Aquella noche, cómo si el infierno hubiese acabado aquella noche...

Con que rapidez olvidan o fingen no conocer las pesadillas, el miedo a salir a la calle, el temblor de mis manos mientras leía el resultado del test de embarazo. Los meses de pruebas y de seguimientos para corroborar posibles signos de enfermedades de transmisión sexual. Los interrogatorios constantes de la policía. Las ruedas de sospechosos. Las miradas constantes de compasión...


-Lucía vamos. Cuéntame cómo te sientes. Tan sólo si lo haces podré ayudarte.
-Usted...¿Usted quiere ayudarme?
-Sí. Quiero hacerlo, pero no puedo hacerlo sin tu ayuda
-Ayúdeme. Máteme. Máteme de una vez.






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