viernes, 18 de noviembre de 2016

SALIR A LA SUPERFICIE

Nunca se había parado a pensarlo hasta entonces pero era cierto, la soledad tenía sabor, un pequeño y amargo gusto a frío y humedad. Nunca había imaginado que pudiese sentirse físicamente algo que te destrozaba por dentro.  Pero así era. Los anhelos, remordimientos y vacíos que sentía por dentro, también podían torturarla por fuera.

Y la tortura…a veces duraba demasiado. Durante mucho tiempo odió los días lluviosos. Y no era para menos, un día lluvioso significaba aromas gélidos que le traían recuerdos amargos. Recuerdos de otra vida. De otra mujer.

Recuerdos de los zapatazos en el pasillo cuando llegaba a casa. De los murmullos de los vecinos vaticinando la batalla. Del tintineo de las llaves que no encuentran la cerradura. Del silencio de aquel piso que cada vez era más celda y menos hogar.  De los gruñidos que hacían la vez de saludo. Y de la vacilación.

A veces creía que nunca lo olvidaría, que esos malditos eternos segundos de vacilación la acompañarían para siempre. Esos segundos en los que ella sabía, en lo más profundo de su alma, con ese nivel de certeza que pocas veces nos acompaña  en la vida que volvería la pesadilla de nuevo. Y nunca fallaba, tras unos segundos la guerra comenzaba, y con ella las patadas, los insultos, los tirones de pelo, los empujones…


Hasta que su verdugo decidía que tenía que parar. Entonces comenzaban las lágrimas y sollozos en silencio, con cuidado de no enfurecer a la bestia. Y tras eso, los lentos pasos que traían al monstruo de nuevo, disfrazado de culpa y arrepentimiento. Un disfraz  impostado, tejido a base de intentos un día tras otro, pero que conseguía hacerla callar y que escuchara. A veces si cierra los ojos aún puede oírle susurrar:

-Perdóname mujer… Ha sido  un día duro. Estaba agotado.

-Sabes que no quería. No sé que me ha pasado.

Y así un día tras otro. Como si su vida fuese una pesadilla sin fin,  un día entero ardiendo en el infierno y que al llegar a la medianoche rebobina y vuelve a empezar.  Vuelta a la lava, a la tortura. Vuelta a esa soledad tan húmeda y fría.

Hasta que una tarde,  tras los sollozos  después de la contienda abrió la ventana y dejó entrar la brisa fresca. Y fue como tomar una bocanada de aire al salir a la superficie tras mucho tiempo bajo el agua.  Como soltar un suspiro  aliviador que no sabías que estabas conteniendo. Respiró quedamente y observó  a su alrededor.  Hacía un bonito día. Con el ajetreo y bullicio habitual de la ciudad, tráfico, personas de un lado a otro, obras, pero bonito al fin y al cabo, soleado, una tarde agradable arrebatada a la primavera.  Y en medio de tanto bullicio se dio cuenta de algo.

Todos parecían felices, incluso algún malhumorado que parecía haber olvidado la sonrisa en casa parecía feliz, los niños jugando, los ancianos hablando mientras cuidaban de los niños,  los obreros bromeando. Todos.  

Por un segundo se cabreó.  ¿Por qué no podía ella estar ahí abajo? ¿Por qué era presa sin haber cometido delito alguno?  Hasta que se dio cuenta que tal vez, la felicidad es una elección y no una meta utópica. Y que tal vez toda esa gente que sonreía también había sido esclava alguna vez. Hasta que rompieron sus cadenas y salieron a la superficie.

Se marchó esa misma tarde. Hizo las maletas, cogió el móvil y se encaminó hacia la puerta. Vaciló por un segundo cuando estaba junto al resquicio. Vio sus llaves  en la mesita de la entrada, esas llaves que siempre habían simbolizado su hogar y  por un segundo pensó en dar la vuelta.  Hasta que recordó que ninguna prisión puede ser un hogar. Y se marchó sin mirar atrás.

Ese día pidió ayuda. Y es curioso, nunca había imaginado que tenía tanta gente dispuesta a apoyarla. Pero así era. Y aún lo agradecía. Habían sido de gran apoyo cuando creía venirse abajo. Cuando sentía que su nuevo mundo se derrumbaría como un castillo de naipes. Porque a pesar de la fuerza y valentía de la que hizo acopio aquella tarde, fueron muchas  las noches  que pasó asustada tras su huida. Los ataques de pánico cuando escuchaba cerrar una puerta. Y los flashback que llegaban a su memoria cuando oía gritar a sus nuevos vecinos.

No había sido fácil. Fue un camino largo y espinoso plagado de recuerdos. De miedos. Y de tardes húmedas y frías que la evocaban de nuevo a su prisión. Pero lo había conseguido. Ya no quedaba nada de aquella otra tan suya, tan intima y tan lejana a la vez. Porque ya no era aquella mujer. Había forjado una nueva en el camino, fuerte  y valiente, que pasara lo que pasara nunca olvidaba respirar y sonreír. Como aquella tarde en la que al hacerlo, comenzó su propio camino hacia la felicidad.




2 comentarios:

José Antonio del Pozo dijo...

Radiografía íntima de la Decisión. Muy bien, Lenika

Magda Bastida dijo...

Gracias por tu comentario José Antonio y por tus palabras ;) Un abrazo

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